GALERÍA GURRIARÁN

 

INTERIORES Y JARDINES

 

Siempre he tenido una fascinación por las casas y los jardines.

 

El apego por las conocidas y queridas es casi indescriptible. Los recuerdos de las perdidas los atesoro con tristeza y alegría en mi memoria. La curiosidad por las desconocidas, inmensa y la frustración por no visitarlas, aún mayor.

 

De niños llegábamos a la casa de la Alhambra, agotados del interminable viaje en coche y nos bajaban por una frondosa escalera escondida hasta una verja de hierro donde una llave vieja y grande nos abría a los jardines de El Partal con sus estanques y sus flores. La sensación era tan mágica que no creo tener un recuerdo más querido de mi infancia.

 

En verano correteaba con una amiga por la obra de la casa de al lado imaginando salones y dormitorios. Deambulaba por la Casa del Gallo llena de pasillos y objetos increíbles (¡el sillón de caracolas de Feliciano!) y por el maravilloso jardín con miradores ocultos, sugerentes piezas de piedra, columnas y el mar detrás. Un placer inagotable. No he quedado en paz con la pérdida y destrucción de esa casa hasta que no la he pintado en un cuaderno.

 

Un verano de estudiante en La Haya descubrí que al anochecer se mantenían descorridas las cortinas de la casa y podía ver sus interiores iluminados como los cuadros de Hopper. O el protagonista de "La ventana indiscreta".

 

En los viajes adoro las casas-museo: Delacroix en Paris, Sir John Soane en Londres, Jane Austen en Chawton y muchas más. Un placer para satisfacer mi (¿puedo llamarlo así?) condición de "voyeur". El Museo Sorolla en Madrid. Es Calderers en Mallorca.

 

Hace unos años hice una exposición de Interiores. Gouaches y collages inspirados en artistas, fotografías, películas…Matisse, Hammershoi, Hopper, Magritte, Max Ernst…Artistas geniales que han plasmado de modo insuperable la emoción que yo siento por ciertos lugares. Y la necesidad que me asalta por conservarlos e intentar pintarlos. No he estado nunca en ese interior de Portofino, ni en Giverny. Pero los dibujo y los atrapo, los hago míos y entran en mi colección de recuerdos junto con otros muchos que no puedo pintar.

 

¿Es posible pintar la felicidad?

Ni siquiera sé definirla.

Puedo encontrarla en algunas palabras: Tranquilidad, Belleza, Silencio, Alegría, Las Pequeñas Cosas. Las Personas Queridas.

 

Interiores y jardines: la casa y la naturaleza.

 

Interiores con ventanas al paisaje por las que entra la luz suave tapizando el suelo, los sillones. Ilumina el piano, las cortinas, los cuadros…los objetos (¡ay, que apego por ellos también!) de nuestra vida cotidiana, a veces tan oscura. Luz pasajera que por la noche reemplaza dignamente una lámpara con sus curiosos reflejos.

La naturaleza entra en la casa. Las flores, mimadas en el jardín, viven ahora admiradas muy de cerca en sus jarrones. Pétalos en la tierra y pétalos en las mesas.

 

Jardines presentes y pasados, vividos y perdidos, soñados para el futuro. La Punta de la Mona y Mallorca. El disfrute de su belleza, su creación y cuidado. De hablar de ellos. De triunfar o fracasar con un árbol o una flor. Los cambios de estación, el crepúsculo, las malas hierbas, el sol de justicia y el barro en los zapatos.

 

La floración, el perfume, la brisa, el color, la puesta de sol. Momentos breves y sutiles. Regalos extraordinarios que nos da la vida.

 

Frágiles y delicados como el papel y los pigmentos depositados con la mano o el pincel.

 

Frágiles y delicados como la felicidad.

 

¿Es posible pintar la felicidad?

No lo sé. Soy muy afortunada porque la siento al pintar.

Y también al poder compartir este lugar con vosotros ahora.

 

 

 

Laura Mira

Junio 2024